wwoofing mit ze germans in kleine Deutschland

Muchas veces me preguntaba que sentido tenían estas vacaciones sin fin, en donde me movía de lugar a lugar, deambulando por calles que nunca recordaré, tratando de captar momentos que se fugan como arena entre los dedos, conociendo extraños que no volveré a ver. Todo parecía sin sentido y el prospecto de seguir haciéndolo por las siguientes semanas antes de que el viaje en Europa terminara me daba pavor.

Afortunadamente logré encontrar un lugar donde podía hacer wwoofing, que es un movimiento internacional en donde granjeros de fincas orgánicas ofrecen comida y dormida a cambio de unas horas de trabajo. El intercambio esta en que los voluntarios aprenden sobre modos de vida alternativos y sostenibles, comparten la vida del campo con gente de mentalidad similar mientras le echan una mano a los granjeros que siempre tienen trabajo de sobra por hacer.
Mi idea era conseguir una granja en Francia para desarrollar un poco más mi francofília, pero afortunadamente encontré una granja en el sur de Portugal que era el lugar donde yo estaba. No sabía mucho que esperar sobre mi granja. Sabía que era una granja cuyos dueños eran Alemanes y que ellos eran de mi misma edad. Sabía que tenían cabras y burros y que había la oportunidad de ser pastor de cabras. Era suficiente para mí, yo solo quería tener la experiencia además de tener un techo fijo por un par de semanas.
Esperaba ansioso en un pueblo llamado Villa Do Bispo y luego de un par de horas una van aparcó y de ella se bajaron 3 perros chandosos que jugaban como bestias salvajes y de repente veo que se bajan un par de tipos rubios, enormes, punkeros de toda la vida, llenos de tatuajes, con una muda de ropa oscura que no habían cambiado en tres semanas, botas militares, cinturones metalicos con forma de cadena de bicicleta, piercings y obviamente crestas punkeras que los hacían distinguirse a leguas. También había una chica con un par de piercings y un rasta que le llegaba más abajo de la cintura y un par de niños, uno ya con corte cresta de punk.
Esta bienvenida fue bastante surrealista. Cuando menos me di cuenta estaba sentado en la parte de atrás de la van que apestaba a pelo de perro mojado junto con sudor acumulado. Tenía que compartir la silla con uno de los perros que era el dueño y señor de este trono y yo solo esta invadiendo un poco su espacio.
Tomé un poco de tiempo en asimilar lo que estaba ocurriendo.

Luego de las introducciones nos dirigimos al supermercado a comprar algunas provisiones y luego un poco a la playa donde charlamos un poco. Dani, la chica del rasta me contó un poco la historia de la granja, de ellos y de porque escogieron este tipo de vida. Prefieren trabajar para algo que es suyo que tener que esclavizarse para otras personas. Se podía sentir el espíritu rebelde. Ella y su novio, uno de los punkeros llamado Noni tenían dos hijos.

Parecía pura película de humor de contradicciones. Era demasiado bizarro ver a un tipo de 1.85 m, lleno de tatuajes y con expresión de sangre, jugar con palas y baldes de juguete haciendo castillos de arena mientras las cervezas bajaban como agua y aplastaba las latas con una sola mano mientras eructaba.




De regreso pasamos cerca del supermercado y me dijeron que iban a recoger comida. Yo pregunté curioso si todavía estaba abierto pero no me respondieron. Más raro aún fue que llegaron por la parte trasera del supermercado. De repente vi bajarse al par de tipos, caminar sigilosamente rumbo al supermercado. Yo los seguí y cuando encontraron los botes de basura ellos se sumergieron en ellos para sacar toda la comida que encontraron. Esta es comida que esta buena, pero que por ley los almacenes deben de botar porque ya paso su fecha de vencimiento. Así fue como sacaron tres bolsas enormes de comida que fácilmente hubieran podido costar 200 euros. Yo tomé una de las bolsas y regresamos rápido al carro para ya por fin ir a la tan dichosa granja.

No podía dejar de preguntarme en que me había metido. Esta vez saque al perro de su trono y no lo deje subirse a la silla. Poco antes de llegar a la granja, Noni puso en sus brazos al niño y lo dejo manejar el timón hasta llegar a la casa. No paraban de sorprenderme esta gente.
Luego de una cena bien grande, en donde yo era el único voluntario porque los demás se fueron a una fiesta esa noche, me dormí con una rara sensación de satisfacción, con el presentimiento de que esta sería una experiencia inolvidable y muy única.
En esta granja tenían un sistema de rotación, en donde todos los días una labor distinta era hecha por cada voluntario, así se podía conocer más de la granja, al igual que se evitaba que se aburriera cada voluntario haciendo el mismo trabajo todos los días.
Mi primer día de trabajo consistía en quemar matorrales, ramas y rastrojos que caían de los árboles. Era el final del verano y es práctica común hacer esto para limpiar el terreno un poco y evitar incendios. Nunca había hecho un fuego tan grande ni por tanto tiempo seguido. El calor podía ser insoportable y con el sol del medio día se hizo aún más difícil.


Este día terminé completamente exhausto. Llevaba más de un año sin trabajar y tener que cumplir un horario me estaba dando un poco duro. Más aún, a pesar de que los granjeros eran punkeros, hacían funcionar el lugar como una fábrica alemana, donde cada piñón sincroniza con la gran maquinaria puesta en marcha.

Debo admitir al principio fue duro. Acostumbrarme al trabajo físico que era agotador y la interacción con los demás voluntarios fue un poco lenta al principio.
Cuando Dani me informó de las reglas del lugar, fue muy enfática en decirme que el trabajo empezaba a las 8.30, no a las 8.35, a las 8.30. También me dijo que allí se trabajaba 6 días por semana y 6.5 horas al día. Lo cual esta en contra de las reglas del wwoofing que dice que se debe trabajar máximo 5 días por semana y 6 horas diarias.
Ellos se pueden dar el lujo de tener estas reglas porque la verdad el movimiento wwoof es muy popular ahora y aunque parezca increíble no es tan fácil conseguir una granja que acepte voluntarios.
Poco a poco me fui familiarizando con la granja que tenía muchas cosas por aprender, con el estilo de vida y con la gran creatividad que utilizaban para conseguir dinero y seguir en la lucha. Por ejemplo acá esta Noni haciendo sus mantequillas especiales.

Noni




Derg



Los primeros días también fueron extraños porque habían muchos alemanes voluntarios entonces en las cenas el idioma predominante era el alemán y me sentía aislado. Fue peor aún cuando un chico italiano se fue y solo quedaron alemanes (en un momento eran 13 alemanes contando los padres de Noni que estaban de visita y yo). Las noches también eran bastante frías y la comida era malísima. Los almuerzos eran pan con conservas que ellos mismos hacían y las cenas eran grandes porciones de carbohidratos sin sabor que comíamos de todas formas porque nuestros cuerpos lo pedían.

Así pasaron varios días. Cada vez tenía más dudas de si iba a estar las 3 semanas que me había comprometido a estar. Pero tomé la decisión de no dejar el lugar sin antes darle un buen intento.
Tuve otros trabajos, como pintar con arcilla una casa que habían construido para hacer ecoturismo. Ayudar a construir un sanitario seco y quemar más maleza.
Lo bueno era que el otoño en Portugal traía días preciosos, bastante calurosos que daban oportunidad de ir a la playa y ver atardeceres interminables.



Un día de playa, Noni y Derg recogieron una buena porción de mejillones que luego comimos al lado de la gran fogata que tenían cada noche, bajo las estrellas. Estaba muy sabrosos y poco a poco empezaron las cosas a cambiar. Deje de tener una caravana para mi solo y empecé a compartir con un chico llamado Mimound.

A través de la rotación me asignaron el trabajo que todos tienen curiosidad de hacer. Ser el pastor de las cabras. Funciona así: toca levantarse más temprano, caminar un buen trecho y allí recoger las 20 cabras que estaban embarazadas. Luego toca guiarlas a que coman pasto a lo largo de las montañas, pero la verdad son las mismas cabras las que lo guían a uno. Derg era el encargado de cuidar de las cabras, los burros y el huerto. Todos los días camina media hora para tender a los animales, darle instrucciones al voluntario del día, luego camina de regreso a la granja principal, y a las cinco de la tarde regresa, guarda los animales y de vuelta a casa. Todos los días del año hace esto. En ese sentido admiro bastante a estos chicos, ya que ellos no se toman ni un solo día libre, supongo no quieren dar mal ejemplo al pedirle a los voluntarios que trabajen tanto. Las conversaciones con Derg eran bien interesantes, un punkero de toda la vida, rebelde, con ideales de anarquista y amante de la cerveza. El típico parásito social que solo da asco al verlo vagar por las calles. Cuando le pregunte cuando volvería de visita a Alemana me contó que no puede regresar porque lo meterán a la cárcel. Por robar alcohol repetidamente. Decía lo ilógico que en prisión les daban clases para controlar la ira y luego los guardias los tratan de provocar al máximo solo para ejercer su poder. Algo que tenían en común todos los alemanes era que se quejaban de la policía en Alemania. Me gustaba mucho hablar con Derg, con su forma de ser bien alemana y su sinceridad ante su vida. Confesaba que se sentía feliz allí, trabajando todos los días pero con la tranquilidad de no estar luchando contra la sociedad que lo aplacaba por ser tan diferente. Dejo de tomar de un día para otro porque se dio cuenta que el alcohol afectaba las relaciones con Noni y Dani. 6 meses después se tomó una cerveza de fondo blanco y al acabarla concluyó que aún no estaba listo para volver al alcohol, aún no lo podía controlar.
Ser pastor es un trabajo que o gusta mucho o no gusta para nada. A mi la verdad no me gustó. Me parecía demasiado aburrido y bastante estresante al tener que vigilar que las traviesas cabras no se me fueran en distintos grupos.







Mimund







La verdad siempre tenía recuerdos de mi niñez, de mi abuelo, de la finca en la que pasé tanto tiempo, viviendo de cierta forma salvaje, con la libertad de la naturaleza, sin los miedos a lo desconocido que tanto me inculcaron en la gran ciudad. Pensaba en lo que me diría mi abuelo cuando se entere que estaba trabajando gratis en una finca. De seguro me dirá que le puedo trabajar gratis a él todo el tiempo, con la seriedad sonriente y picaresca que tanto lo caracteriza.

Luego del trabajo empezamos a ir a un bar que quedaba a 20 minutos de camino en el pueblo más cercano. Allí el hielo empezó a romperse poco a poco y empecé a hacer más amistad con los otros voluntarios. Especialmente con un par de chicas llamadas Patrizia y Hanni. Este par vivían en su mundo, un mundo de ingenuidad y alegría y estaban más locas que las misma cabras que arriábamos.




Logré sobrevivir una semana allí y como buen obrero, en mi día libre me fui a la ciudad. Llegué hasta Lagos en auto stop y en mi día libre aproveché para usar el internet y relajarme un poco. Por la tarde de camino de vuelta a casa también hice auto stop, con la suerte que me recogió un chico con el cual tuve una conversación muy agradable. Él estaba aplicando a hacer una maestría en el Reino Unido y estaba cansado de estar todo el día frente al computador así que salió a dar una vuelta. Como nos caímos tan bien me llevó todo el camino hasta la granja y allí charlamos otro buen rato. Me confesó que la verdad quería distraerse un poco y que al verme echando dedo le pareció la oportunidad perfecta para cambiar de rutina un poco. Es curioso pensar que a veces no es uno el que busca que lo lleven sino más bien es al contrario. Alguien esta buscando a quien llevar.

Los trabajos de la granja seguían siendo variados, recoger con pica y pala arcilla para la construcción de la casa de eco turismo, nivelar el piso de la casa, más quema de escombros, y más cabras. Pero lo que hacia placentera la estadía eran las tardes y noches después del trabajo, donde hacíamos malabares, o tocábamos guitarra y por la noche siempre hacíamos unas fogatas bien enormes que acompañábamos con vino portugués de 3 euros que ayudaba a lubricar las interacciones sociales.
Una de aquellas noches hicieron una noche de pizzas, con el horno que los punkeros mismos habían construido. También invitaron a amigos suyos de otras granjas, entre ellos una familia con el padre español y el resto de holandeses, pero todos hablaban español porque el señor español dominaba a leguas las conversaciones. Fue super divertida esa noche, ya que ellos eran juglares. El tocaba la guitarra con ritmos gitanos y muy pegajosos y al sabor de pizza recién horneada, con las brasas de la fogata iluminándonos de colores tenues y las estrellas como testigos pasamos una noche fenomenal.

Hanni


Patrizia

Par de cabras

Así poco a poco fueron pasando los días y gracias al trabajo físico que hacíamos las resacas eran más llevaderas. Pero una idea que había tenido desde hace varios años estaba incubando apresuradamente en mi mente y decidí que solo me quedaría allí en la granja por dos semanas.

Mi penúltimo día tuve que ser pastor de cabras otra vez. Esta vez me la tomé más suave. Lleve música, libros y cosas para hacer malabares. Además las cabras estaban tan preñadas ya que no querían caminar mucho. Me la tomé demasiado suave porque se me perdió una. Así que pase todo el día buscándola y mientras lo hacia se me perdió otra. No iba a dejar una buena impresión eso si era seguro. Cuando Derg vino empezamos a buscar las dos cabras perdidas. Luego de un rato encontramos a una, pero no era una sino 4. Lo que ocurrió fue que le llegó la hora de parir y como instinto las cabras buscan matorrales escondidos para proteger a sus crías y dar a luz. Fue muy lindo encontrar a la mama cabra con sus tres cabritos, cuando los alzaba empezaban a llamar a su madre con su leve tono de recién nacidos. Y para completar tenía la visión de Derg, con su estilo punkero amenazador, cuchicheando una cabrita que apenas era más grande que su mano.






Nos rendimos de buscar la segunda cabra, pero luego un gran grupo de gente se fue en redada por la noche a buscarla hasta que la encontraron, también con dos cabritas recién nacidas.

El siguiente día era mi último allí y decidí no hacer más cabras. Trabajé en la granja poniendo baldosas en el piso de la casa eco turística. Y esa noche, como era mi última, decidí festejar a lo grande. Gracias al vino rojo de poco costo hice que hasta los punkeros festejaran. Hablaba español y portugués con Noni, poníamos música de todos tipos, comimos bajo los innumerables cielos despejados que tanto nos acompañaron, reímos de las disparatases con las que salía Patrizia mientras yo le daba más cuerda.
Fue una noche inolvidable y como siempre al final de toda etapa la costumbre se asienta y el cambio duele un poco porque se que no volveré a ver esta gente tan especial que llegué a conocer y con la que compartí momentos inolvidables, momentos que tienen gran prioridad en mi lista de recuerdos de todo el viaje que hice. Especialmente los momentos que compartí con Hanni y Patrizia, que con su alegría contagiosa marcaron la gran diferencia de mi experiencia de wwoofing.

Al siguiente día, con la resaca física y emocional me despedí de todos y le dí libre albedrío a un anhelo que había hibernando por suficiente tiempo. Mi camino me llevaría a Granada, España, la capital de los perro flautas, en el corazón de Andalucía, y allí también tuve aventuras fantásticas que afianzaron aún más mi pasión por la península ibérica.

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1 comments:

Anonymous said...

muy buenas! gracias por tu blog, me encanto leerlo.
Puedes por favor contactarme por correo ( sarettaa@hotmail.com ) para alguna info sobre la granja, queria ir a ver ese sitio y necesito saber algo mas
muchas gracias
sara

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