La indómita Guajira

Entré a la recta final de este viaje tan inolvidable que emprendí. Mi destino seria mi tierra querida, mi hogar, compartiendo con la gente que me vio crecer y que forjó mi forma de ser. De cierta forma dejé lo mejor para lo último, me enamoré de nuevo de mi país y me dolió mucho dejarlo una vez más, luego de pasar dos meses fantásticos.
Era difícil contener la emoción que me revolvía las entrañas al acercarme cada vez más y más a mi destino, y tuve un placer irónico al ver la gran sabana de Bogota desplegarse ante mis ojos.


Los primeros días fueron un poco de acoplamiento al horario, al igual que verme con amigos que llevo siempre en mi corazón, y que a pesar de la distancia (y de que muchos de ellos no son muy buenos para mantenerse en contacto) siempre que nos encontramos tenemos la química que nos unió y nos hizo compartir tantas experiencias inolvidables.

Me encontré con mi super amigo Kwan, que nunca pierde la oportunidad de hacer el tonto. Fue muy lindo volverlo a ver y echar mucho chisme, haciéndonos los rulos.



Una cosa típica de mi ciudad de origen es que tiene el cielo roto, llovió, llovió y siguió lloviendo. El fenómeno de la niña estaba azotando a Colombia sin piedad, causando grandes tragedias en todo el país. La infraestructura se ha deteriorado de manera astronómica, mucha gente ha perdido sus casas y el agua no fluye de tierras inundadas.

Acá les muestro un poco una escena típica de Bogota, fría, un poco hostil y retadora.

Como estaba en casa, compartiendo con mi familia, siempre hay cosas por hacer, ayudar y acompañar. En esas acompañé a mi abuela a hacer una vuelta, y pillamos un lugar con comidas típicas riquísimas:


Y mi abuela como siempre, no importa donde quiera que esté hace amigos de 10 minutos. Acá una foto de ella hablando con una señora extraña mientras esperan por el bus.


Es lindo recordar la gran cantidad de cosas que hacen la cotidianidad colombiana. Por ejemplo, se pueden comprar minutos en la calle. El tiempo tiene ahora se puede obtener a cambio de dinero y se granea minuto por minuto.


También descubrí el lugar donde Jorge Eliecer Gaitan fue asesinado mientras se dirigía a su oficina en los años cuarenta. La terrible muerte de este abogado de energía inagotable creó una grieta irreparable en la historia de Colombia, dando origen a una avalancha de eventos que desembocaron en uno de los conflictos más largos y violentos que la historia del mundo haya visto. Un conflicto que aún no termina y que no tiene fin visible en el horizonte.


Otro amigo que me encantó ver fue Antonio, como siempre con su espíritu emprendedor y labia incansable. Eché bastante chisme con él.


Otro amigote que siempre extraño mucho es Nefi, que también tiene una fuente de energía que nunca caduca. Una cosa que me encanta de él es que siempre esta metido en sus proyectos y cosas un poco a su manera, siendo una fuente de inspiración para muchos. Gracias a él aprendí mucho sobre computación que es lo que se convirtió en piedra angular en mi vida.

Acá esta Nefi con su novia bailando con el sabor caribe en una presentación que venía ensayando por muchos meses.

De camino a casa de Adriana vi este puesto de ventas que muestra un poco la gran variedad de frutas que tanto extraño al vivir lejos.


Adriana es una amiga muy muy especial. Siempre ha estado a mi lado y ha sabido entender y aceptar los cambios de mi vida. Tenemos una amistad de hermanos y me gustaría poder pasar más tiempo con ella y ahora con su familia extendida.

Acá esta Tatiana, la niña que Adriana adoptó con su grandioso corazón lleno de pureza.

Y acá esta Adriana, que no le gusta mucho que le tomen fotos


Un lavadero es un lugar donde se lava la ropa. Aún muy usado por mucha gente. También aquí se bañan a los pequeños con agua helada para hacerlos más fuertes contra esta vida que es de solo lucha, o esa es la creencia. Por ejemplo este lavadero era donde el esposo de Adriana recibía sus primeras lecciones de vida mientras tiritaba del frío por el agua que venía muy fresca de la llave.


También me vi con Fredy, con el cual siempre compartimos muchas risas y aventurillas. Esta vez solo fue para unas onces. Fredy es el hermano de Adriana, por eso es que yo soy como parte de la familia.


Otra super amiga que no podía dejar de ver era Andrea, hermana de un amigote llamado Juan Pablo. Me encontré con ella para almorzar un día y echamos mucho chisme y como siempre, hicimos el tonto un rato. Esta vez con una cobija para bebes ya que ella estaba esperando su primer y precioso hijo.



Esa misma noche me encontré con Nefi, con el cual fuimos a nadar. Luego terminé en su casa echando chisme y fregando con la guitarra mientras nuestras voces de tarro hacían llorar los cielos aún más. Fue super divertido, especialmente porque su hermano Hector (Nefi tiene 10 hermanos) es muy buen músico y nos acompañaba con el violín mientras nosotros castigábamos la guitarra.


Mi abuela, tan querida como siempre, la recuerdo todos los días de mi vida. Con su ternura y fortaleza, siempre escucho mentalmente sus consejos y dichos que me hacen reír hasta el espinazo. Se arregla sin falta cuando sale a la calle, así sea para comprar el pan, para verse aún más guapa de lo que es. Y no le gusta que le tomen fotos, pero aún así posa para ellas muy bien


Una de esas noches me vi con mi tía del alma, la hermana con la cual crecí y compartí por tantos años de mi vida. Élla me llevo a un sitio muy peculiar para mostrarme la siguiente señal que no necesita explicación:


Y luego pasamos una velada muy especial, hablando, charlando, intercambiando nuestros secretos y esperanzas. Acá esta Maritza que quiero tantísimo.


Esta vez como tenía suficiente tiempo, quería conocer un poco más mi país. Estaba cansado de conocer gente que me decía que de sus viajes por el mundo, Colombia era uno de sus lugares favoritos. Yo quería vivir un poco mi país con la mochila al hombro, por eso decidí escaparme hasta el caribe colombiano, a la ciudad de Santa Marta. No podía esperar la cantidad de sorpresas y aventuras que vendrían. Y siendo imparcial Colombia es uno de mis lugares favoritos para viajar, aún no ha sido arruinado por el turismo en masa, y la alegría y carácter de su gente hizo que se incrustara en mis recuerdos de forma permanente.

Esa noche me quedé en un hostal compartiendo con buen número de mochileros. Era un poco extraño viajar siendo el local y no el extranjero, pero me sentía muy privilegiado de poder ver un poco mi tierra a mi propio ritmo.
Al siguiente día con un grupo de gente del hostal fuimos a ver unas cascadas llamadas Minca, cerca a Santa Marta. La lluvia había hecho que el camino se volviera muy difícil pero aún así fue bien chevere.






Esa noche, el hostal organizó una chiva para los turistica, en donde proveían el alcohol y la diversión. Esta era una oportunidad que no me podía perder, vagabundear las calles de Santa Marta subidos en una chiva llena de mochileros con ganas de fiesta. Fue una noche fenomenal. Me divertí muchísimo, riendo, bailando, bebiendo. Terminamos en una discoteca que estaba repleta de gente y el sudor de la multitud se podía respirar por los ojos. Decidimos tomar un poco de aire y por alguna razón olvidé que estaba en latino América. Así que con un gran dolor a mi orgullo, nos trataron de atracar en las playas de Santa Marta. Era la primera vez en todo mi viaje que me pasaba algo así, y no podía dejar de sentir una especie de ira y tristeza al mismo tiempo, que una experiencia tan poco placentera tuviera que pasarme justo en mi tierra. Nos salvamos ya que como decimos en Colombia no le comí cuento a los atracadores pero de todas formas sentía una vergüenza patriótica.

Al siguiente día para pasar un poco el guayabo (la resaca en Colombia) fui a Taganga a disfrutar del día de playa, comer pescado y ver el mundo pasar frente a mí.



El agua en las calles vista desde un bus
En Taganga me apunté a hacer un par de inmersiones de buceo para el siguiente día. Tenía muchas ganas de bucear en Colombia ya que nunca lo había hecho.

El buceo en general no fue tan bueno ya que no había tanta vida marina, pero aún así me gustó mucho.

De regreso le fui a dar un vistazo a Santa Marta, vi como la gente se divertía de forma sana en la playa jugando y riendo.




Vi la estatua de Bolivar, el libertador más grande de Sudamérica que murió en esta misma ciudad; la estatua ahora es cagada por las palomas.


Y como siempre, vi la belleza de la arquitectura colonial que tantas veces ignoramos al caminar por nuestras ciudades:




Logré convencer a Lara, una chica de Nueva Zelanda, para ir hasta la Guajira colombiana. La guajira era un lugar al cual siempre había querido ir. Se veía tan inhóspita, tan lejos, tan imposible. Este era uno de mis objetivos al ir a Colombia. Conocer un poco esta tierra tan lejana que solo conocía por fotos y televisión desde que era chico.

Muchas veces he hablado de las energías que tienen las cosas. Ya sean personas o lugares u objetos. Y hay lugares en los cuales he estado que se siente la energía un poco pesada o un poco liviana. Me gustan este tipo de lugares bastante, pero no me esperaba que la Guajira fuera tan cargada. Tierra indígena por cientos de años con tradiciones muy antiguas mezcladas con las brisas del caribe y la modernidad latina.
Primero tomamos un bus que nos llevó hasta 4 vías, que es un punto clave en la guajira porque 4 carreteras parten de allí a sus ciudades más importantes. De allí tomamos un taxi que nos llevó hasta Uribia, que es la capital indígena de Colombia y que era un sitio muy bizarro.

Al siguiente día emprendimos el viaje hacia el cabo de la Vela. No fue fácil ya que la gente nos cobraba bastante además de que nos hacían esperar porque en teoría no había gasolina en el pueblo. Me enteré que no había porque la traen de Venezuela que es más barata y el camión se había retrasado bastante.

Luego de tantas patrañas y cuentos raros que nos echaron encontré un camión que iba hasta el cabo. Allí en la parte de atrás nos subimos y esperamos a que se llenara de gente y bultos. Era un camión que transportaba pescado y para ahorrar un poco de espacio pusimos nuestras maletas dentro de la nevera, haciendo que después toda nuestra ropa oliera a pescado.



Este no fue nuestro carro, afortunadamente
El camino fue bien largo, por una carretera destapada llena de barro y charcos. Eramos golpeados por los rayos infalibles del sol caribe, mientras que ráfagas de lluvia nos refrescaban un poco. Un viaje de aventura propia.

También había gente muy interesante con la cual compartimos el doloroso camino. Por ejemplo, los dos hombres venezolanos cuyo trabajo era reparar buques y vivían la vida así, de barco en barco, vagando por el mundo. O las profesoras de la escuela que eran bien divertidas al estilo bien costeño.
Aquí esta nuestro conductor, un chico que se hacía llamar látigo, con una sonrisa fácil y buen carácter. Miren el revolver que llevaba en el cinturón.


En un momento nos tocó esperar a que el tren pasara, era el tren que llevaba carbón de la mina del Cerrejón hasta el puerto. Era un ferrocarril enorme con muchos vagones completamente llenos de carbón. No pude sentir algo de tristeza al ver como nuestros recursos naturales son desangrados descaradamente.


El cabo de la Vela es un lugar un poco raro. Vive del turismo pero originalmente era una aldea de pescadores. Allí conocí un par de hippies de Santander, (Colombia). Con ellos pasamos todo un día mientras ellos nos entretenías con sus historias sobre la Guajira. Ellos, como buenos hippies de corazón, vagaban por la vida. Habían vivido por buen tiempo en parque Tayrona y por distintas razones estaban allí en el cabo. Ya llevaban buen tiempo allí y vivían de las artesanías.

Fuimos a tantos lugares especiales, todos llenos de energía y animados con las espeluznantes historias con las que nos deleitaban Edison y Alexander. Por ejemplo, nos hablaron de la ley Guajira, de como el que la hace la paga, de sus viajes a píe hasta Punta Gallinas, de las distintas costumbres a las que le tocó acoplarse para convivir con ellos, del distinto mundo que vivieron al ir a pescar en alta mar.
Fue un día muy especial y gratificante que nunca olvidaré.












Esa noche y gracias a las bien conocidas habilidades de un paisa (persona de Medellín) conseguimos como ir hasta Punta Gallinas y tener un tour allí por un precio muy bueno. La idea mía era ir hasta Punta Gallinas, que es el extremo más al norte de toda Colombia y Sudamérica por tierra, pero debido a las lluvias continuas que rara vez ocurren en esta región, era imposible llegar hasta allá en carro. Eso mismo hacia que los paisajes que tanto estaba esperando yo, tierras áridas, desiertos y planicies infinitas de colores amarillos, fueran reemplazadas por matorrales verdes y prósperos, chivos gordos y cielos nublados.

Muy temprano al siguiente día, partimos con todo el nuevo grupo para ir hasta Punta Gallinas, primero en carro hasta un puerto que no fuera en el cabo de la Vela (por ley Guajira habían asuntos de territorios) y luego en bote por un buen par de horas, recibiendo salpicones de agua salada antes de que saliera el sol.
Fuimos recibidos por un delicioso desayuno de arepa con huevo, mientras charlabamos y nos conocíamos un poco con nuestro grupo. Entre ellos había un argentino que siempre salía con comentarios precisos y muy graciosos al estilo de humor argentino.



Ese día vimos muchos lugares muy especiales en la punta extrema de Colombia. Vimos a Punta Gallinas, que me traía recuerdos de clases de geografía de mi niñez, vimos la cotidianidad de la alta Guajira.












Fuimos a unas dunas de arena muy guapas que como siempre hacen que mi mente vuele a lugares recónditos.










Comimos deliciosos pescados frescos y cocinados en casa.


Y lo que no podía faltar, los agraciados y elegantes flamencos rosados que caminan y vuelan en sincronización matemática.





Esa noche dormimos rendidos en un chinchorro que es como una hamaca pero más grande y cómodo. Al día siguiente todo el grupo partió, y Lara y yo nos quedamos un poco para caminar y aprovechar un poco más este lugar tan abrigador que de seguro no volveríamos a ver en nuestras vidas.





Decidimos regresar a Santa Marta al día siguiente. El viaje de regreso no fue tan doloroso porque afortunadamente conseguimos hacer auto stop desde el cabo de la Vela, luego de regresar en bote desde punta Gallinas, hasta cuatro vías en una camioneta todo terreno, a pesar del trancón que había. También de paso le alcanzamos a dar un vistazo a las minas de sal de Manaure.



Al día siguiente Lara y yo partimos en direcciones distintas. Yo quería conocer el parque Tayrona del cual tanto había oído hablar y ella se dirigió a Cartagena.

El Tayrona no pintó muy bien en el primer día. Tuve que caminar por dos horas, con mochila al hombro por medio de un camino lleno de barro que a veces llegaba hasta las rodillas. Llegué exhausto a la playa de San Juan donde el descaro de un grupo de gente que se acostumbro al dinero fácil, obligaba a pagar demasiado por una hamaca.
Esa tarde fue un poco lenta, con lluvia y mucho viento. Era un poco difícil apreciar la belleza de este parque, que también estaba lleno de energía. Podía entender porque era tan apreciado, con su selva tropical en frente de unas olas que amenazaban ferozmente y que no perdonan al que osa retarlas, todo esto con la gran Sierra Nevada como fondo de decoración. Fui afortunado y esa noche, mientras todo el mundo dormía y se escapaba de las lluvias en sus hamacas y carpas yo leía en el comedor vació y allí conocí a Claudia, una chica muy amigable con la cual tuve conversaciones muy interesantes sobre religión, libros, viajes y de todo un poco.






Los siguientes dos días los pasé con Claudia y otros viajeros que se conocían fácilmente en este paraíso aislado, mientras tomábamos el sol en las playas y hablábamos de temas complicados y filosóficos.




Claudia estaba haciendo “home schooling” con su hija, que es cuando un padre toma la educación de sus hijos en sus manos. Estaba viviendo en Taganga, un pueblo que la primera vez que lo vi me dio un poco de tristeza porque me recordó los pueblos de Tailandia que eran arrasados por el monstruo turístico. Aún así, luego de escuchar tantas cosas interesantes de Taganga, decidí pasar unos días allí.

Regresamos el día de las velitas, lo cual le dio un espiritú muy lindo al lugar:



Y poco a poco empecé a entender que este lugar era colombiano 100% y que los mochileros no se lo habían tomado aún y más bien eran los bichos raros que se trataban de mezclar con la cultura autóctona. Pase una semana más allí en Taganga, conociendo y teniendo aventuras con gente de mi hostal, yendo de fiesta una discoteca de Taganga, tan famosa que gente viaja desde Cartagena para ir allí. En ella se veían chicas colombianas guapísimas, con el estilo latino que tanto las caracteriza, sonrisa en la cara y movimiento de cadera. Lo más curioso era que las mochileras eran el mosco en leche allí, con sus ropas ajadas, movimientos robóticos y tez rojiza quemada.

Fueron tantas las cosas lindas y extra ordinarias que viví allí, como el escorpión que toco sacar para que no picara a nadie.

El pueblo colorido.


Los imaginativos vendedores ambulantes.


Las playas a las que solo se puede llegar a pie.


El vendedor de helados que cuando se aburre se mete con todo y carro al agua.




Y también los juegos tiernos que hacían reír tanto a Julia, la hija de Claudia.


Como Taganga es tan cerca a Santa Marta, a veces íbamos hasta allí


Para sufrir un poco con el jugo lleno de hielo.


Esta foto me encanta y la tome sin siquiera apuntar.


Así pasaron los días velozmente en Taganga, con sus atardeceres infinitos y con sus personajes de cuento de hadas




Uno de mis últimos días fui con Claudia a una playa un poco lejana, donde compartimos con los pescadores que escapan el calor del medio día mientras desenredan sus redes y cocinan lo que cogen por la mañana. Allí Claudia fue picada por algún animal extraño y tuvimos que utilizar medicinas naturales para curarla.




Con mucha pena moral tuve que dejar este paraíso que me envolvió en sus brazos y me dejo lleno de recuerdos impregnados como fotografías muy dentro de mis fibras. Fue una época corta pero muy sustanciosa y es definitivamente un lugar al cual volveré para pasar mucho más tiempo.





Regrese a Bogotá ya que mi madre, su esposo y mis hermanas venían para pasar las festividades en familia. Ya les contaré como terminó este encuentro tan especial.

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