La gran joya olvidada de Europa

Cuando Oli me dejo estaba empezando a oscurecer, y las regla principal del auto stop estaba pasando por mi mente, no hacerlo de noche. Así que estaba preparado mentalmente para hacer bivoc, que es dormir al aire libre, sin cobertura ni nada. Yo tenía la colchoneta de acampar y el saco de dormir, así que no sería gran problema y no había pronóstico de lluvia. Aún así decidí intentar unos minutos el autostop, con la suerte de que a los dos minutos de esperar un señor portugués que viajaba hasta Oporto se ofreció a llevarme. Fui vuelto a bofetear por la barrera idiomática, ya que Fernando no hablaba español ni inglés y según me enteré luego, el acento del norte de Portugal es uno de los más complicados de entender.

A pesar de eso le conté un poco de mi viaje a Fernando y le comenté que iba a buscar a una amiga al día siguiente, pero que esa noche no tenía casa. Él de buena fe y después de pensarlo un poco me llevo a su casa donde vivía con sus padres, a los cuales casi se les salieron los ojos al ver que su hijo recogió un extraño por la carretera y lo trajo a dormir a su casa.
Esta fue mi primera noche en Portugal y fue fantástica, por la hospitalidad increíble e improbable además de la forma como los hechos se desenvolvieron para asegurarse de que a pesar de lo imprevisto las cosas siempre funcionan. No mejor bienvenida pude tener para un país maravilloso que se convirtió en uno de mis favoritos de Europa occidental.
A la mañana desayuné otra comida deliciosa preparada por la madre de Fernando y él se ofreció a llevarme al aeropuerto. Una vez allí espere pacientemente mientras que mi gran amiga María llegaba para unirse conmigo a la vida del vagabundo.
María es una gran amiga mía y más que una amiga es como una hermana, ella española de toda la vida, esta llena de vida, energía, sonrisas y mucho positivismo. Ella misma ha tenido expediciones a su estilo, independientes y llenas de aventurillas, en donde la tienda de campaña es fundamental al igual que el entusiasmo y la alegría.
Después de una bienvenida muy efusiva y de actualizarnos en noticias nos dirigimos a la playa y a descubrir esta joya de Europa que ninguno conocía. De primera nos encantó Oporto, con su arquitectura de hace siglos dilapidada por los años reflejando la situación actual de este país que ha sufrido por crisis desde hace muchos años. A María le recordaba lo que era España antes del gran boom económico que trajo consigo la reconstrucción de España y una gran migración. A mi me inspiraba tranquilidad el poder deambular por un lugar tan calmado y autentico al mismo tiempo.
Algo que me cautivo desde el principio y que es bien particular de la arquitectura portuguesa es la cantidad de azulejos que utilizan que le dan un toque muy especial y delicado a las ciudades. Yo lo había notado antes en Macao, la colonia portuguesa en China.



Allí en la playa armamos la que sería nuestra casa por la siguiente semana (y la mía por los siguientes dos meses), la increíble carpa de María que sobrevivió en mis manos varias inclemencias climáticas, pero más de eso luego.


Tal vez lo que hace más famosa a Oporto es el vino tan dulce que se origina allí. Se creo cuando tratando de conservar el vino para transportarlo en barco decidieron echarle azúcar y a través del proceso de fermentación dio como resultado este vino sabor tan particular.
En la cara de María se puede ver cuanto disfruta de su sabor:



Aprovechando el sol nos quedamos dos días en la playa de Oporto, charlando, leyendo, comiendo e interactuando con los super amigables portugueses.




Luego de esto tomamos rumbo al sur, hacía Lisboa, pero allí tomamos otro tren que nos llevó hasta Sintra, un lugar bien particular por la gran cantidad de palacios y mansiones que tiene de antaño. Es un lugar histórico que muestra la grandeza de otros tiempos en donde el imperio portugués se expandía y conquistaba tierras lejanas y ricas en recursos naturales.
Cada vez María y yo nos sentíamos más y más en el ritmo del vagabundo, tanto así que nos empezamos a llamar los perro flauta, que es el nombre que se les da a los vagabundos del camino en España, que se ven deambulando por las calles, tocando música y pidiendo dinero y generalmente con algún perro bien feo al lado. Ellos tienen el poder de la libertad y de no tenerle miedo a lo desconocido y tal vez por esto son incomprendidos.
Allí en Sintra nos costó mucho trabajo encontrar un lugar donde acampar, hasta que encontramos una mansión abandonada a la cual nos metimos saltando barda. Era un lugar enorme con paseos bien intrínsecos por jardines que han perdido la batalla contra la naturaleza.


El problema fue cuando al siguiente día el cuidandero del lugar nos pilló y se con mucha ira nos sacó corriendo del lugar, así que nos tocó salir con el rabo entre las piernas y con las mochilas al hombro. Afortunadamente María tiene el don de ser amigable con cualquier desconocido y también tiene el don de no sufrir vergüenza para preguntar por cosas, de este modo consiguió que un señor de una escuela de equitación nos guardara las maletas durante el día, mientras disfrutábamos de la imponente arquitectura de Sintra.






Esa noche caminamos unos kilometros más abajo y acampamos en frente de el "palacio de Monserrate”. Pusimos la carpa en frente de la entrada principal del palacio, escondida por unos arbustos, pero luego por la noche fuimos despertados por personas en bicicletas de montañismo que por alguna razón estaban montando a altas horas de la noche. Debo decir que era el escenario perfecto para una película de horror, ya que se veían las siluetas de las bicicletas merodear por las paredes de la carpa como fiera salvaje al acorralar a la presa. Curiosamente luego de un rato los ciclistas se dieron cuenta de nuestra presencia (la carpa estaba bien camuflada) y se fueron a montar bicicleta a otro lado.

Palacio de Monserrate
 En la mañana aprovechamos las fuentes en la afueras del palacio para asearnos un poco y tomamos marcha hacia el mar. Luego de una caminata un poco pesada al lado del camino decimos hacer auto stop, con la sorpresa de que antes de terminar la señal nos recogieron y nos llevaron hasta nuestro destino, “Cabo da Roca” que es el punto más al occidente de Portugal y de Europa continental. Allí tomamos un poco de vino con Bruno, el chico que nos llevó y vimos la majestuosidad del Atlántico mientras se acercaba a los acantilados.


Bruno nos contó que vivió en Inglaterra por varios años pero que la ausencia de sol le afectó mucho y decidió regresar a su nativa Lisboa y creó una empresa de turismo alternativo (cuando nos recogió estaba dando un mini tour a sus clientes) lo cual le da suficiente para vivir en este lugar tan hermoso.
Él mismo nos recomendó ir a una playa muy cercana a Cabo Da Roca, una playa llamada “Praia da Ursa” la cual se convirtió hasta hoy en día en mi playa favorita en todo el mundo.
Para llegar allí tuvimos que caminar un poco y luego lidiar con una bajada empinada por los acantilados que protegen esta playa del acceso por vehículos. Con cada paso que dábamos nuestra emoción crecía de forma incontrolable. Podíamos sentir que nos esperaba un lugar especial y fuimos recompensados con un playa prácticamente desierta (fuimos los dueños de la playa esa noche) en donde el furioso mar Atlántico descargaba su ira contra las impasibles rocas, creando un sonido ensordecedor y al mismo tiempo arrullador que nos contagió inmediatamente de una sensación de felicidad.
Al entrar al agua nos encontramos peleando una batalla contra la furia del mar que nos daba vueltas y nos cundía de agua fría y arena, una batalla que el mar peleó sin piedad y nosotros terminamos en retirada con nuestros cuerpos cansados y nuestras almas en regocijo.
Realmente me quedo muy corto al tratar de describir este lugar tan mágico y cargado de energía el cual de noche solo inspiraba dormir bajo las estrellas, sin techo alguno, mientras el mar continuaba con su impasible ritmo que resonaba por los acantilados.










Con un terrible pesar teníamos que dejar este lugar y dirigirnos hacía Lisboa, que era un gran anhelo para María de conocer. Así fue que luego de regresar a Cascais, María con su interminable amigabilidad nos consiguió otro viaje en auto stop hasta Lisboa con una señora y su hija que nos dejaron justo en el campamento de Lisboa. Cada vez más y más nos sorprendía la amabilidad y sinceridad de los portugueses, siempre sonrientes y humildes.


En Lisboa fue donde por primera vez en mi vida visité a un ikea, la tienda para el hogar sueca, donde probamos unos albóndigas al estilo sueco e hicimos la máxima de los perro flauta: probamos las camas hasta encontrar una bien cómoda, ya que luego de acampar por toda la semana nuestros cuerpos querían algo más blando que el suelo. Fue tanto el descaro que en uno de los modelos de apartamento que recrean en la tienda, entramos en el cuarto y nos metimos debajo de las cobijas. María concilió una siesta de casi dos horas y cuando nos descubrieron a la hora de cerrar el almacén, solo se rieron un poco con nosotros y nos dijeron que ya iban a cerrar. Con mucho pesar volvimos a nuestro campamento a enfrentarnos con el suelo duro una vez más. 

 Lisboa nos llamaba para explorarla, y aquí estábamos por fin, y al igual que muchas cosas en Portugal, nos sorprendió y excedió nuestras expectativas. Sin quererlo las calles adoquinadas con paredes de mosaicos y tapices de azulejos encontraron un espacio en nuestros corazones y nos hicieron soñar sobre los gloriosos tiempos de la desvencijada ciudad, con su tranvía de inspiración bohemia y sus deliciosas panaderías que me incitaban a romper la tentación por sus dulces tortas y postres. De esta forma pasamos un par de días estupendos, con charlas increíbles y paseos relajantes, visitando sus lugares típicos como el Bairro Alto, el distrito de Alfama y el museo de Fado (tipo de música popular que es muy nostálgico). Una de esas noches nos la pasamos riendo y echando chistes despertando a la mitad del campamento, María tiene la propiedad de reírse sinceramente con toda gana de cualquier broma.













la deliciosa repostería portuguesa

También le pegamos una visita a Belem, distrito donde vivieron los reyes y al mercado de los ladrones, donde María quería comprar todo lo que veía.
Luego de otro día espectacular lleno de risas y comida deliciosa María tuvo que partir de regreso a Londres y yo me quedé allí un Portugal un poco desolado por la ausencia de ella, que es un persona maravillosa y llena de energía y que considero como una hermana mía. Te agradezco profundamente María haber compartido conmigo este corto trayecto de este viaje, que sin lugar a dudas no habría sido igual de emotivo sin ti. 








 Los siguientes días me quedé en Lisboa, inundándome aún más de su belleza. Me hospedé con David, un chico de couch surfing que tiene un proyecto bien interesante. Quiere aprender un buen número de idiomas mientras vive en la cultura de cada idioma determinado. Planea hacer esto por 80 meses. Ya había vivido un tiempo en Argentina, Brazil, México y España y en ese momento estaba en Portugal mejorando su portugués. Lo último que supe es que luego de Portugal fue a Italia (donde olvidó todo el portugués por italiano) y ahora esta en Alemania. Tiene grandes planes de vivir en países asiáticos donde de seguro encontrara nuevos retos y soluciones a su proyecto. Cualquiera pensará que el tiene mucho dinero, pero por el contrario ahorro un poco de dinero mientras trabajaba en Francia y ahora se las arregla para vivir a muy bajo costo y aún así disfrutar de la pasión que es viajar y conocer otras culturas.



Luego de estos días de lectura y deambular por la bella Lisboa, fui al aeropuerto a recoger a Sasha, una amiga de Nueva Zelanda que venía desde Londres para compartir unos pocos días de mi estilo de vida de vagancia.

Tan pronto llegó nos dirigimos una vez más a Praia da Ursa, y pasamos un par de días allí una vez más embadurnándonos de la energía que irradiaba esta playa magnifica que aún hoy en día hace que tenga sensaciones de corriente en mi cuerpo al recordarla.
Pero mejor que describirla, acá la muestro para tratar de compartir un poco su belleza:
Praia da Ursa

Sasha


Buenos días










 Después de dejar una vez más esta playa nos dirigimos a Lisboa y le mostré a Sasha los lugares que tanto disfrutamos con María. Así pasamos otro par de días llenos de paseos, risas y alegría y al igual que de las grandiosas vistas de Lisboa, la bella.




Poco antes de la partida de Sasha el clima soleado que tanto me había acompañado por las últimas semanas empezó a deteriorarse y a confabular sorpresas y aventuras que yo no sospechaba, pero eso es tema de la siguiente entrada.
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