Y colorín colorado




Tantos pensamientos inundan mi mente al pensar en las maravillosas experiencias que tuve, y ahora en el momento que quiero escribir algunas conclusiones todos estos sentimientos rompen la presa de mi mente con una presión incontenible que apenas me deja respirar.  
Lo que comenzó como una idea descabellada que el viento roba, se convirtió en una misión de vida para mí. La sed de conocer este mundo se hacía cada vez más pesada y difícil de llevar; cuando por fin partí estaba listo para ahogarme en la emoción que transpiraba por mis poros.  No lo voy a negar, tenía algo de miedo.  Miedo a lo desconocido, miedo a la soledad, miedo a lo que podría encontrar en este viaje que también sería dentro de mí.  
No sabía muy bien lo que buscaba pero encontré y afiancé verdades universales que me hicieron crecer más como persona.  Estuve en situaciones desagradables, cansado, enfermo, con miedo, vulnerable, y a través de ellas aprendí una verdad mágica: todo al final sale bien, o mejor aún, sale como tiene que salir.  Todas las cosas que nos pasan, buenas o malas, tienen una razón de serlo, están interconectadas de formas misteriosas para que vivamos lo que tengamos que vivir, aprendamos lo que tengamos que aprender, conozcamos a la gente que tengamos que conocer, sintamos lo que tengamos que sentir.  

Aprendí que la gente en todo el mundo es igual en esencia.  Todos reímos y lloramos, dormimos y comemos, todos queremos un futuro estable y próspero para nosotros y nuestros seres queridos.  Fortalecí aún más el valor de la sinceridad y honestidad, no sólo con los demás sino conmigo mismo.  Aprendí que no se puede postergar la felicidad,  porque el futuro no está escrito y el pasado es sólo un espejismo del desierto, que se escapa entre nuestros dedos cuando tratamos de abrazarlo.  Aprendí que la aceptación real es el primer paso para vivir una vida plena. 

Sentí la sensación de liviandad al vivir en el camino, de una mochila, donde las pertenencias son secundarias y la libertad es nuestro bien más preciado, no necesitamos más.

Hay muchas razones para dejar nuestra tierra natal.  Por curiosidad, por escapar, por buscar un futuro más estable.  Yo lo hice por amor.  Amor a una mujer que se convirtió en parte mía, que redefinió mi existencia, una mujer que es como el oro, hay que excavar mucho para encontrarlo, y al final brilla por la pureza de su naturaleza, por su carácter precioso y exótico.  Ella se convirtió en mi día a día, en mi lucha por vivir, y las incontables experiencias que viví con ella, nunca las podré repetir con nadie, en escenarios tan particulares, a una edad en la que el alma está terminando los detalles de nuestra forma de ser.  Este viaje también ayudó a decidir a que cada uno tomara su rumbo.  Ahora lo que queda es un proceso de aceptación. 

Esta aceptación es lo que conlleva a la libertad.  Aceptación de todas las personas que se conocen y que cuando se van, nos dejan vacíos.  Éste es el lado duro del viaje, conocer gente maravillosa y dejarla atrás constantemente.  Gente con la que se vivió momentos inolvidables y que en la mayoría de los casos nunca se volverá a ver.  Creo ésta es la parte más importante de cada viaje, la gente con la cual se comparte, muchos de ellos son extraños que se conocen en los lugares menos pensados, así que no tengan miedo y aventúrense a explorar un poco este mundo, que está lleno de gente linda y lugares magníficos.

Este blog empezó como un proyecto personal para compartir mis vivencias con mi familia y amigos cercanos, pero luego tomó un poco de fuerza y se volvió en una fuente de escape para algunos que viajaban conmigo desde sus sillas.  Muchas gracias por leer a todos mis lectores, los que conozco y los incógnitos, la verdad me dio mucho placer plasmar mi camino en este medio, aunque me retrasé mucho en las últimas entradas (el viaje acabó hace 9 meses).

Y qué sigue?  Es la pregunta.  Luego de un viaje así tenía ganas de tener otra vez una casa, un lugar con amigos fijos, con lugares favoritos, con una rutina.  Yo estaba lleno de energía y los prospectos de regresar a mis dos hogares (Colombia e Inglaterra) no me motivaban.  Por eso decidí comenzar de nuevo en un lugar desconocido, en Australia, y a pesar de que el comienzo fue un poco pedregoso, ahora veo que fue la decisión correcta seguir los impulsos de mi corazón que apuntaban a estas tierras australes.

Y colorín colorado, este cuento NO se ha acabado, porque la vida se vive momento a momento, hasta que dejamos de existir.


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Colombia tierra querida

A mi regreso a Bogota empezó una serie de actividades sociales y familiares que hicieron que mi tiempo se pasara como el soplo del viento de verano. El reencuentro con mi familia fue como de costumbre muy emotivo.
Por esos días de coincidencia estaba Severine visitando Colombia. Severine es la hermana de Ingrid, mi muy querida amiga francesa con la cual compartí unos días increíbles en Arles, Francia en casa de su padre.
Fue muy lindo volver a ver a Severine, y esta vez yo jugando de local, así que me puse a mostrarle un poco la ciudad que me vio crecer, ella ya había dado las vueltas de rigor por la candelaria y me contó que estaba cansada de visitar centros comerciales. Por alguna razón los colombianos creen que el centro comercial es lo que le interesa al turista. Le di un tour a mi manera de la candelaria, lugar que tantas horas vio pasar en mi juventud sobre sus suelos adoquinados y sus casas del estilo colonial que sutiles nos muestran un pasado histórico que muchas veces olvidamos.
Entre esos andares fuimos a la calle de la Paloma con Cara de Perro. Me encantan los nombres de las calles en esta zona.



Severine
Y vimos cosas bien cotidianas.






Y un vistazo a la excelente colección de obras de arte de Botero. El tal vez más famoso pintor colombiano que aún no es reconocido por los grandes de las artes del mundo.




Así pasaron los días, hablando con amigos, echando mucho chisme y riendo como siempre. Recordando lo mucho que extraño esta tierra y además rejuveneciendo mi espíritu al poder hablar y jugar con mi lengua materna, como siempre lo hago. También estaban los manjares deliciosos que preparaba mi abuela con todo el cariño que le inspiraba al tener toda su familia junta, amontonada en un mismo techo.




Una de esas noches me encontré con mi super amigo Kwan, su hermanita y una de mis hermanas. Como era época navideña, el plan típico era ver las luces que adornan la ciudad por todos lados.





Otro día de mucha lluvia me vi con un amigo al cual no veía hacía mucho tiempo. Eramos muy buenos amigos del colegio pero lastimosamente no nos veíamos hacía 8 años.

Me gustó mucho ver a Nelson, ver como su vida ha evolucionado. Él me llevó a comer gallina de buen sabor en el centro de la ciudad, mientras me entretenía con sus historias inverosímiles al estilo colombiano sobre su trabajo y estos años de separación que tuvimos.



Nelson


Siempre que voy a Colombia tengo la tarea de arreglar los computadores de la casa, así que esto también me consumió un poco de tiempo. Eso fue en un sábado y por la noche me encontré otra vez con Kwan para jugar Jenga toda la noche al lado de muchas risas y cuentos.




Ese fin de semana fuimos a visitar a mi abuelo y allí como siempre la pasamos muy bien escuchándolo hacer sus chistes y cuentos al lado de platos deliciosos que él mismo prepara colmado de alegría con nuestra visita. Siempre me trae muchos recuerdos visitar a mi abuelo, ya que gran parte de mi infancia la pasé allí, corriendo, jugando, trabajando, con los animales, con la naturaleza. Creo una parte de mi formación como persona se originó allí en este rincón de la cordillera oriental colombiana.







Cosas que notaba y me causaban gracia era la creatividad de los anuncios, como estos:





De las cosas que siempre hago cuando voy a Colombia es ir al dentista y hablar mucho con ella que siempre tenemos conversaciones profundas y graciosas, mientras de alguna manera repara mis dientes.

Como eran los días antes de navidad, la tradición colombiana indicaba que habían novenas por todo lado. Una novena es una reunión religiosa que siempre termina en baile y vino. Fui invitado a una en la casa de la novia de Nefi y fue muy lindo porque allí me encontré con viejos amigos, como Diana



O Beto con su gran sentido del humor




O Nefi, que esta foto sale como un simio.





Otra noche me vi con otros amigos que no veía desde hace varios años (bueno la verdad a todos no los veía desde hace varios años al no vivir en el país). Esta vez la rumba fue con Fredy y otros colegas con los cuales había compartido buen número de borracheras y noches locas hace muchos años.





Mis hermanas fueron llevadas a vivir fuera del país cuando eran muy chicas, y la verdad no conocen mucho Colombia, así que traté de mostrarles un poco el lugar donde crecieron por algunos años de su vida pero del cual no recuerdan mucho. Las llevé al genial museo nacional, con su arquitectura impresionante y su historia un poco demasiado detallada que mis hermanas devoraban con una curiosidad habitual de ellas.




Lo mejor fue cuando encontramos un lugar donde estaban recreando un cuadro en teoría famoso que yo nunca había visto. La escena consistía en el libertador Bolivar junto con América, ella con su corona de plumas de aves tropicales, vestido y un arco que la caracteriza y muestra su origen salvaje.





Las libertadoras

El siguiente par de días son dos días que cuando era niño gozaba mucho pero ahora ya no. Esos son los días de navidad. Hicimos la típica comida especial, el ajiaco riquísimo que solo mi abuela sabe preparar y charlamos un poco. Mi familia no es la típica familia fiestera y por eso tal vez es que ya no me gustan tanto estas fechas. Disfruto mucho del estar en familia y compartir con mis seres queridos que me han apoyado y respetado toda mi vida, pero no aprecio el hecho que se van a dormir a la una de la mañana mientras el resto del país esta empezando la fiesta!

Esos días fueron un poco lentos, acá van algunas fotos de lo que se hizo, o no se hizo.



Por fin sale el sol

Casa de mi infancia

Ajiaco navideño

Los buitres que rondan por la ciudad.
La idea de esta foto es programar el auto disparo a 4 segundos y salir corriendo.





Un raro atardecer capitalino lleno de colores y formas.




También nos echamos un par de partidos de baloncesto con el gran equipo familiar.








Nelson me invitó a pasar unos días a un balneario en el pueblo de Villeta, y más se demoró el en decirme que yo en alistar la maleta. Allí la pasamos super bien en compañía de sus amigos, echando piscina, jugando rana, con comida bien rica y escuchando a este grupo de abogados con sus cuentos bien enredados, chistoso y un poco temibles.






Aprovechamos y visitamos unas cascadas artificiales en las que pasamos una mañana muy agradable, tomando cerveza y retando a la fuerza del río. Para llegar a las cascadas hay que tomar una especie de carro autóctono que funciona con motor de motocicleta y que anda por la ya no usada vía del ferrocarril.














Juego de rana


Al día siguiente de regresar de Villeta me emprendí en otro viaje, esta vez con Andrea y su esposo para visitar a su hermano y gran amigo mio Juan Pablo que vive en Villavicencio desde hace varios años y de allá parece no lo saca nadie porque se acostumbro al buen clima, al tamaño pequeño y relajado de la ciudad y a la relativa tranquilidad.

Fue muy chevere volver a ver a Juan Pablo, con el cual hacía mucho tiempo no me veía tampoco y con le cuál siempre que nos vemos echamos chismes y chistes sin parar. Una de las cosas que noté de toda la gente que vi es que cada cual cambia y evoluciona a su manera, basado en las circunstancias y situaciones que la vida les bota, pero Juan Pablo era de los pocos que mantenían su esencia intacta: un muchacho calmado, juicioso, de bromas inteligentes y gran disciplina.
Como Juan Pablo tenía que trabajar, Andrea y Fernando (su esposo) nos fuimos al parque Merecure a pasar el día. Allí vimos muchos animales autóctonos, muy bellos eso sí, pero todos aprisionados.









Entre estos vimos varios coatis, que son más conocidos como “guaches” en lenguaje popular porque los machos le pegan a la pareja.





Y no podían faltar los chigüiros que son el símbolo de los llanos orientales. Realmente son muy bonitos y llenos de gracia a pesar de ser roedores, es decir primos de las ratas. Además saben riquísimo.











Mi plato es de chigüiro

Un año viejo
Después del parque fuimos a ver el atardecer a lo que llaman “El ombligo de Colombia” que es el punto central geográfico del país. Al estar allí tuve muchos pensamientos, como que en este viaje pude conocer el extremo norte y central del Colombia, me pregunto cuando podre conocer los otros puntos extremos. También no podía contener mi asombro por el tamaño que tiene Colombia, este ombligo es bastante lejos del la capital o de las otras ciudad importantes, y lo peor es que muy pocas personas conocen lo que esta por debajo de este centro geográfico, especialmente porque son tierras de selvas sin caminos y sin ley. Región ideal para las actividades ilícitas que solo traen consecuencias negativas a largo plazo.

Acá van algunas fotos del ombligo (mio y de Colombia):





Al siguiente día por fin llegó el resto de mi familia a Villavicencio y fuimos a visitar a nuestra muy querida tía Marina junto con sus hijos que siempre se extienden de manera increíble en su hospitalidad con nosotros.

La tía Marina y mi abuela siempre que se encuentran hablan y hablan sin cansancio y con desahogo. Ellas unidas por el destino al estar casadas con dos hermanos, encontraron una unión que ha trascendido a través de más de medio siglo. Marina nos mostró su casa con enorme jardín mientra que uno de sus tantos perros encontró una iguana y batalló con ella, hiriéndola fatalmente.






Mi hermana con aburrimiento de ver la iguana indefensa


Esa era la noche de año viejo y festejamos con un sancocho hecho en casa con aguardiente y como de costumbre, un ambiente un poco solemne.



Al siguiente día fuimos invitados a otro lugar donde hicimos asado de chivo que estaba para chuparse los dedos al igual que las típicas botadas a la piscina de los desprevenidos.





Desprevenida al agua


Mis amigos y familiares me recuerdan por tener piernas radioactivas, por el color verdusco que las caracteriza, pero al estar tantos meses frente al sol, cogieron un color que nadie podía creer, acá muestro el contraste con lo que deberían ser mi color natural.



Que contraste!
Las comadres:



Y la super comilona.










Juan Pablo
De regreso en Bogotá venía otra carrera, la finalización de la organización de la fiesta de cumpleaños de mi madre.

En medio de carreras y trajines logramos armar francachela y comilona para conmemorar este evento tan astronómico que era el cumple de mi madre.
Fue una fiesta muy emotiva para mí, porque al vivir lejos los momentos que se comparten con toda la familia son pocos y a pesar de las grandes adversidades que cada miembro pueda estar pasando, logramos reunirnos y disfrutar por unas horas de la alegría pura y honesta que nos ha unido toda la vida.




Preparación del regalo
El rey de la casa con ganas de cazar gatos.

Mi colegio

Preparación del regalo

Preparación del regalo.
Diana que me invitó a almorzar.


Nefi









También fui con mis hermanas y mi tía Maritza a acampar a Tobia. Un lugar del cual yo tenía recuerdos de ser un poco aislado y especial y que ahora el turismo en masa ha arruinado un poco. Aún así se puede hacer rafting a precios bien económicos y se puede disfrutar de un ambiente de pueblo inolvidable.





Los puse a hacer cara de bobos



Kwan nunca sale serio en las fotos

Nefi también hace muecas en las fotos


En uno de los días de acampar, terminé por fin el proyecto 365. La idea era tomar una foto todos los días del año. Lo hice por varias razones, para tener algo que hacer todos los días (cuando se es vagabundo del camino la mente se aburre mucho), para mejorar y retar mis capacidades fotográficas y para buscarle algo bonito o interesante a cada día. Debo admitir que al final ya no tenía muchas ideas y estaba un poco cansado de cargar con la cámara todos los días. Tenía varias reglas para este proyecto personal, ellas eran:

La foto tenía que ser tomada por mi, no vale que alguien tomara alguna foto y me la preste.
La foto tenía que ser tomada entre el transcurso de tiempo desde que me levantase por la mañana hasta antes que me acostara a dormir por la noche.
Las fotos no serían editadas, son tal y como las escupe la cámara.
Me sentí muy feliz de haber terminado este proyecto y aprendí mucho sobre fotografía en este año, se manejar mi cámara con mayor propiedad y ademas cada vez que veo cada foto puedo viajar mentalmente a el lugar o momento en que la tomé. Es una sensación muy especial.
Esta es mi última foto del proyecto:






Mis días en Colombia estaban agotándose. De regreso del campamento todos ayudamos a desocupar la casa de mi abuela que luego de tantos años de haberla construido y luchar por ella, iba a cambiar de dueños. Fue un proceso muy nostálgico porque todos pasamos nuestra infancia y gran parte de la adultez en esta casa, es más tres de los hijos de mis abuelos nacieron allí. Muchos recuerdos salieron de cajas y baúles y cuartos que siempre evitábamos abrir en caso de que la tristeza del pasado nos inundara con su avalancha desmedida.



Maritza jugando con mis pistolas

La reliquia máquina de escribir de mi mamá



Los recicladores que no pierden oportunidad
Mis últimos días los pasé con mis hermanas, en donde lograron convencerme de ponerme maquillaje:



Y luego de la partida de ellas y mi madre, yo comencé una maratón social. Una noche me la pase super bien con Steffany, William, Camilo y Diana. Todos teníamos en común que nos habíamos conocido en Inglaterra, compartimos nuestras experiencias de esta isla gris al igual que el retorno y la adaptación a la ciudad de los 2600 metros sobre el nivel del mar. Diana sacó una conclusión sobre la batalla solitaria sin sentido que sufren los inmigrantes en otras partes, mientras que en casa existe una red familiar/social que aligera la carga y le da un sentido más optimista a la vida.



Diana y Camilo

Con Camilo, William y Steffany
El viernes antes de irme hice un poco de turismo por las calles del centro de Bogota, topandome con un museo en una iglesia al que nunca había entrado. Para gran sorpresa mía allí encontré la tan dichosa pintura para la cual mis hermanas y yo posamos unas semanas atrás en el museo nacional.














Me vi con una muy querida amiga con la que estudiaba inglés en las épocas donde el mundo aún era muy grande para mí. Recuerdo a Ingrid por su corazón tierno y honesto que con sus risas logro hacerme coger un gusto especial a este centro de la capital colombiana.
Después de esto fuimos a una fiesta con mis compañeros del colegio, que siempre me da mucha alegría ver. Allí me volví a ver con Adriana, mi amiga del alma, con Maritza (mi amiga del colegio), con Nelson y con Angelica. Con cada uno de ellos siempre he tenido una conexión muy especial que no puedo describir con palabras, ni intentaré aburrir a los pocos lectores que aún me quedan.



Angelica





Protesta contra la crueldad a los toros
También me volví a ver con Antonio, el que nunca para de hablar.



Y le di un vistazo a mi universidad, lugar donde gran parte de lo que soy se forjó y donde pasé 6 de los mejores años de mi vida.












Y hasta me alcancé a ver con Carolina para pasear un poco por los desolados edificios y recordar las viejas aventuras que se respiraban en sus aulas.







Así terminó mi estadía en Colombia. Fue muy duro irme esta vez, me dolió más que cualquier otra, pero más de eso en la siguiente entrada.



Regresé a Inglaterra por una semana. Allí en pleno invierno me enfermé con el cambio de clima. Pero aún así logré verme con amigos de la vida londinense, como Antonio, el siciliano.


Sasha que con mucho corazón me dejo quedar en su casa y me brindó una hospitalidad fantástica a su propio estilo.







Maria y su novio Tyson que apenas conocí ese día. Me hicieron un desayudo exquisito.





Clarence con su interminable buen humor. Acá lo tengo posando frente a un bocadillo veleño.




Diana con su ímpetu de lucha bien arraigado al igual que la felicidad que emana.

Ingrid con su coraje y fuerza de hacer cosas y trabajar en sus proyectos espectaculares, al igual que su corazón lleno de bondad.




Luego de una semana de vagar por la ciudad que llamé casa por varios años, tomé un vuelo que me llevaría lejos, muy lejos de todo. Mi destino era Australia, un país que tenía en mi mente desde mi adolescencia y que por fin lograría explorar un poco, pero esta vez no como mochilero, ya que era hora de dejar la vida vagabunda, sino ya con ganas de encontrar un lugar donde por fin desempacar mis maletas y volver a tener una hogar fijo, así sea por unos meses.

 

Este fue el final oficial de mi viaje. Muchas gracias por leer.
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